Ruth Martínez Meraz
Un trozo de tiza
era la llave maestra para abrir portales,
y el pavimento, un lienzo infinito
donde no existían los errores,
sólo los trazos largos del juego.
Teníamos los bolsillos llenos de tesoros:
piedras con forma de planetas,
hilos invisibles,
y esa capacidad extraña
de encontrar el océano entero
en un charco después de la lluvia.
La felicidad no tenía nombre,
era simplemente el cansancio dulce
de correr tras una sombra,
o el silencio de una merienda
bajo el refugio de las sábanas.
No sabíamos entonces
que estábamos fabricando el cristal
a través del cual miraríamos el mundo
cuando todo se volviera, de pronto,
demasiado serio.
de MISTEXTOS
